La joven pareja aún no lo había decidido. De pie, a la espera de que les llegara el turno de un momento a otro, aún no lo había decidido.

–        Es que no estoy segura – dijo la joven mientras intentaba dormir en sus brazos al bebé recién nacido.

–        Somos los siguientes – acertó a señalar el joven un segundo antes de que alguien gritase ¡SIGUIENTES!

–        ¿Nosotros? – Así era. El joven tiró del brazo de su amada y el bebé gruñó

–        Vamos

En la sala había dos enormes rocas con ambas hendiduras en la superficie. En una de ellas, la de la izquierda, grabada desde hacía siglos, podía leerse la palabra NOMBRE. En la otra, la de la derecha, la palabra era DON.

Así había ocurrido siempre. Cuando una nueva criatura llegaba a este mundo, los padres tenían que decidir entre ponerle un nombre al bebé, o por el contrario, dotarlo de un don con el que brillaría el resto de su vida.

Pero nuestra pareja, aún no lo había decidido.

–        Y, ¿cómo la llamaremos, – Había preguntado la madre meses antes, cuando aún el nacimiento quedaba muy lejano – si decidimos dotarlo de un don?

–        ¿Y si el único don que tiene es su nombre? – Dudaba el padre.

Y había llegado el momento.

–        Nombre o Don – Era la voz de una mujer inerte cuyas palabras sonaban átonas y a la que, después de tantos bebés a sus espaldas, la vida se le había pintado de un absoluto gris.

Los padres dudaron.

–        No tengo todo el día – escupió Griselda, la mujer de vida gris.

El padre susurró al oido de la madre un beso y se dirigieron, no sin miedo, a colocar a su hija, recién nacida, sobre la piedra donde ponía DON.

–        Excelente elección – repitió por vigésima octava vez esa mañana Griselda.

En ese momento, cuando la niña al sentir el frío roce de la roca empezó a llorar, ésta brilló con una luz que deslumbró a los que allí se encontraban y este brillo permitió ver el don con el que había sido dotada nuestra niña:

EL DON DE HACER BELLOS Y BELLAS A LOS DEMÁS

Sin entender muy bien en qué consistía ese don, la pareja retiró  a la niña de la piedra y salieron de la sala con su hija sin nombre, pero con un don, que le acompañaría el resto de su vida.

Ella, Tú, Niña, Oye, Guapa….. así se la empezó a conocer en el pueblo. Y pronto, muy pronto, también se descubrió en qué consistía su don. Niña no era como las demás. Mientras su hermana jugaba con las muñecas a las casitas, a maestros y maestras, Niña recogía los cabellos de ese material con el que se hacen las melenas de las muñecas y con un gesto que parecía fácil, las embellecía de tal forma que parecían siempre muñecas nuevas. Y guapas. Muy guapas.

–        Niña, peiname – le decía todas las tarde su hermana. Y salía a la calle orgullosa de su belleza.

Tan pronto se corrió la voz por el pueblo, que cuando Niña aún era una niña, todas las mujeres del pueblo hacían cola en la puerta de su casa para que las peinara, las maquillara y las hiciera bellas.

Sus manos tenían ese don de hacer bello.

Pero cuando llegaba la noche, Niña lloraba.

–        ¿Por qué lloras, Niña? – le preguntaba su madre

–        Quiero tener un nombre, mamá – sollozaba Niña.

–        Eso no es posible, Niña.

“Este cuarto es muy pequeño, para las cosas que sueño”, oyó Niña una vez en una canción, y esa misma noche hizo sus maletas y salió en busca de un nombre para ella.

Viajó a todos los lugares donde sabía que sus manos podrían aprender más y más cosas de la belleza.

–        ¿Cómo te llamas?

Niña odiaba esa pregunta y se sentía vacía, a pesar de estar haciendo de este mundo,un mundo bello.

Hombres y mujeres pagaban porque sus manos los embelleciesen. Experimentó colores, tonos, trenzados, moños, cortes. Creó verdaderas obras de arte….pero seguía necesitando un nombre para  completar su ser. Pero nadie, nadie supo dárselo. Su prestigio creció a la vez que sus miembros, y su pelo, y su edad.

Y algo dentro de ella empezó a crecer también.

Al principio fue sólo un minúsculo punto con vida que latía fuerte en su barriga. La ropa comenzó a quedarle cada vez más ajustada, no sólo porque a todas horas tuviese hambre, no, no era eso. Lo que pasa es que el amor necesita un espacio muy grande cuando es limpio y verdadero. Y Niña llevaba mucho amor dentro.

Justo la noche antes de que el amor decidiera tener cara, Niña soñó que alguien acariciaba su cabello y la peinaba a ella por primera vez.  Era un niño. Su pelo negro y rizado le recordó a  un hermoso arrecife donde nadarían peces en libertad.

–        ¿Quién eres? – preguntó Niña.

–        Soy Guillermo, mamá. Y tú, ¿cómo te llamas?

–        No tengo nombre – dijo Niña antes de soltar una lágrima.

Aquello parecía un juego. Pero no lo era. Niña era una experta en hacer bellas a las mujeres y bellos a los hombres. Pero era una inexperta en su propia belleza.

Niña se arrodilló ante Guillermo para que sus ojos estuviesen a la misma altura y se miraron fijamente.

–        Déjame que te diga cómo te llamas – dijo Guillermo.

Duró sólo un segundo, pero Niña sintió que ante ella pasaba toda una vida de espera. Y este pensamiento se interrumpió cuando Guillermo susurró:

–        Ya sé cómo te llamarás. En tus ojos veo el brillo del Sol. Veo también su calor. Así que, como tienes dos ojos (lógica aplastante que sólo un niño puede entender) te llamarás Son Soles.

Y justo en ese instante, antes de despertar, Niña, Sonsoles, comprendió que el nombre que somos sólo puede dárnoslo  la persona que más nos ama.